Abadía Retuerta: LA SOMBRA DE BURDEOS ES ALARGADA

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Ángel Anoncíbar, flanqueado por Enrique Valero (izquierda) y Jesús Ramiro. / JRP

Ángel Anoncíbar, en la dirección enológica de Abadía Retuerta, no es hombre que se prodigue fuera de su casa. Ello era un claro valor añadido para la convocatoria de Jesús Ramiro en su flamante Ramiro’s Gastrobar de la madrileña calle de Atocha: un amplio recorrido –horizontal y vertical- por los vinos de la monumental bodega de Sardón de Duero.

Anoncíbar quiso mostrar de este modo los cinco tintos principales de Abadía Retuerta en su cosecha vigente (2010) al lado de otra añada significativa de su trayectoria. Una buena fórmula para apreciar no sólo cómo ha influido en los vinos la edad de los viñedos, sino también la evolución de las técnicas enológicas y vitícolas a lo largo del tiempo.

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Diez botellas ante la nariz de los catadores. / JRP

SELECCIÓN ESPECIAL 2010 Y 1996. En primer lugar se descorcharon dos cosechas de Abadía Retuerta Selección Especial: 2010 y 1996. Se trata del vino de mayor producción (casi medio millón de botellas en el primer caso, 300.000 en el segundo) y, como es lógico, el más conocido dentro y fuera del país. Ambas añadas incluyen un 75 por ciento de tempranillo, proporción que se completa con un 15 y un 20 % de cabernet sauvignon, respectivamente, además de un 10 de syrah en el primero y un cinco de merlot en el segundo.

El 2010 (nariz bastante cerrada aún, sutiles notas de frambuesa y cacao; boca potente, con la madera aún en primer plano) nos hizo pensar en la austeridad de algunos tintos bordeleses de la margen izquierda del Dordoña, mientras que del 1996 (el anciano de la sesión, procedente de una de las cosechas históricas del Duero) nos sorprendieron su entereza (estará perfecto para beber durante algún tiempo más) y sus finos aromas minerales. Del 2010 nos atreveríamos a decir que le faltan dos o tres años para alcanzar su apogeo.

PAGO NEGRALADA 2010 Y 2006. La uva tempranillo fue también la protagonista –en solitario- de los dos Pago Negralada servidos a continuación, abriendo la serie de vinos de parcela y monovarietales. Del 2010 nos interesó su rico talante especiado (vainilla, clavo, cacao), si bien en el paladar volvía a mostrar una madera algo autoritaria, aún por integrarse plenamente en el vino (¿tendrá esto que ver con una de las cosechas más complicadas de los últimos tiempos en el Duero?). El 2006, sin embargo, nos cautivó desde un primer momento con su fina y compleja nariz (bayas negras, genciana, brea, regaliz…), amén de su rara mezcla de vitalidad y madurez; un vino redondo y grande a todos los efectos.

PAGO GARDUÑA 2010 Y 2004. En el punto medio de la degustación, los Pago Garduña 2010 y 2004, obtenidos con uva syrah de un viñedo de apenas dos has de suelos calizos. Aquí, el tiempo –es decir, la madurez de las plantas- ha jugado claramente en favor del vino más joven: boca gustosa y concentrada, fresca y directa, amplia y persistente, precedida de una singularísima nariz repleta de notas ahumadas y minerales. A notable distancia de un 2004 (en botella magnum), cuyos aromas de aceituna negra y flores marchitas, junto a un paladar amable (¿demasiado?) y un punto licoroso, nos sugieren un tinto que ya ha cruzado su ecuador.

La abadía de Retuerta, al fondo del viñedo.

La abadía de Retuerta, al fondo del viñedo / AR

PAGO VALDEBELLÓN 2010 Y 2009. Con la cabernet sauvignon –esa uva que para muchos es la marquesa de la viña cuando en realidad es su obrera más eficiente, la que siempre puede salvar una cosecha a medio metro de la catástrofe- llegó la pareja más compacta de la reunión: Pago Valdebellón 2010 y 2009. Son el fruto de la selección de cabernets acometida por Abadía Retuerta en los últimos años, saldada con el arranque de algunas viñas mal planteadas en su momento (rectificar es de sabios).

Dos tintos soberbios y consistentes, cada uno de ellos a su manera. El primero, por su expresiva nariz de cassis y trufa, su paso de boca aterciopelado y su aromático final de eucalipto y regaliz; el segundo, por su profundidad aromática (tinta china, betún de judea, caza de pelo, sotobosque; nariz matrioska, diría acertadamente un moderno) y su formidable constitución en el paladar: fresco y terso, frutal, de interminable final… Dos tintos en la cumbre y con mucha vida por delante.

PETIT VERDOT 2010 Y 2001. No podemos decir lo mismo del Abadía Retuerta Petit Verdot 2001 que cerró la cata (nariz algo fatigada, flores secas, toques salinos y especiados en cierto desorden; paladar pulido en exceso), pero sí del 2010 que lo precedió, un tinto fino (adjetivo) y balsámico en la nariz, con una boca fresca y seductora –muy atlántica para varios de los asistentes, incluido quien suscribe-, dotada de la arrolladora personalidad de una vinífera llamada a dar grandes vinos en las riberas del Duero. Al tiempo.

Como resumen apresurado, diez vinos sobre los que se proyecta la luminosa sombra de sus creadores, el gran Pascal Delbeck -conocido también como el mago de Saint Émilion- y el citado Ángel Anoncíbar, su discípulo aventajado y anfitrión del encuentro junto a Enrique Valero y Álvaro Pérez Navazo, director general y responsable de marketing de Abadía Retuerta, respectivamente; diez vinos, decíamos, que a quien firma estas líneas le confirman, además, en la sospecha de que los mejores tintos de la Ribera del Duero y aledaños salen al mercado demasiado pronto, cargando sobre las espaldas del comprador la nada sencilla tarea de conducirlos a su mejor momento de consumo. ¿Alguna bodega se animará a tomar la iniciativa al respecto? Podemos seguir esperando. J.R. Peiró

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