25 años de Abadía Retuerta: LA FORJA DE UN COLOSO

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Ángel Anocíbar, Enrique Valero y Juan José Abó, anfitriones del encuentro. / ABADÍA RETUERTA

Abadía Retuerta, la monumental bodega de Sardón de Duero (Valladolid), cumple estos días su primer cuarto de siglo. Suele decirse que 25 años no es nada en el universo del vino, pero en esta casa ha sido un plazo suficiente para desarrollar una soberbia gama de vinos que hoy triunfan en los principales foros y publicaciones enológicos del planeta. También han tenido tiempo los responsables de la firma para rehabilitar una hermosa abadía románica del s.XII, que hoy es uno de los destinos favoritos para los amantes del turismo báquico. Historia, arte y vino, reunidos en una propiedad de 700 has, de las que 220 están plantadas de viñedo.

Para celebrar la efeméride, nada mejor que una cata de etiquetas históricas en la delegación madrileña de la empresa, el club The Craft (Ortega y Gasset, 21), un cuidado espacio concebido para gozar del vino en todas sus dimensiones. Allí estaban, como anfitriones, Enrique Valero, director general de la bodega; Juan José Abó, uno de los principales ideólogos del proyecto, y Ángel Anocíbar, director técnico y enólogo. Y, entre los participantes en la ceremonia del pasado 11 de mayo, en su mayoría periodistas, no pocos de los asistentes, hace 20 años, a la primera cata celebrada en la propia bodega. Un acontecimiento cuyas fotografías decoraban las paredes para la ocasión.

BOTELLAS HISTÓRICAS. Se descorcharon los cinco vinos de aquella cata inaugural, todos ellos de la cosecha 1996: Abadía Retuerta, Cuvée Palomar, Cuvée Campanario, Pago Negralada y Pago Valdebellón. Una gama que ha ido evolucionando con el tiempo, razón por la que algunas de las estas marcas y añadas históricas ya será imposible –salvo en colecciones especiales de unos pocos restaurantes del país- hallarlas en el mercado.

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Los protagonistas de la cata. / AR

Como denominador común de las cinco botellas cabe señalar una sorprendente mezcla de elegancia y vitalidad después de dos décadas. Algo que habla muy bien de la solidez de los cimientos de un proyecto vitícola y bodeguero diseñado por el sabio bordelés Pascal Delbeck, a quien, entre innumerables méritos, se atribuye la resurrección, en 1995, de Château Ausone, uno de los cuatro primeros grandes crus classés de la AOC Saint-Émilion. Delbeck no pudo asistir finalmente a la reunión, como, según nos dijeron, era su propósito.

Nos gustaron especialmente Pago Negralada, tempranillo cien por cien, y Cuvée Palomar, tempranillo y cabernet sauvignon a partes iguales. El primero por su fresco talante atlántico, su complejidad –elegantes notas de humo y herboristería- y por la firmeza de su paladar. El segundo, por una nariz llena de sutilezas (fruta bien madura, especias dulces, leves apuntes de la serie animal), preámbulo de un largo y aterciopelado recorrido sobre la lengua.

UN BLANCO SORPRENDENTE. No les quedaron muy a la zaga sus tres compañeros de terna, que citamos por orden de preferencia. Del Cuvée Campanario (tempranillo) nos gustó una gama aromática de mentol y bosque umbrío, seguida de un paladar joven y vigoroso, con acidez suficiente para continuar su feliz sueño de la botella unos cuantos años más. Del Abadía Retuerta (65% tempranillo, 30 cabernet sauvignon y 5 merlot) recordamos una nariz en la que, aunque minoritario, parecía imponer su ley el primero de los cepajes galos y, sobre todo, una boca larga y con un personal punto de amargor final. Por su parte, el Pago Valdebellón –un cabernet sauvignon del que hemos probado posteriores y memorables añadas- presentaba una nariz algo cerrada, con leves notas de laurel y regaliz, y un paladar fresco y de gran equilibrio, aunque de persistencia tirando a discreta, como si el vino se acercara al final de su recorrido.

Aún quedaban algunas botellas para descorchar y catar en compañía del estupendo menú que preparó Marc Segarra, nuevo chef ejecutivo de El Refectorio, el restaurante gastronómico de la abadía, asesorado desde hace años por el mismísimo Andoni Luis Adúriz. El que más nos sorprendió de todos fue un maduro y magnífico sauvignon blanc de 1998, un blanco experimental –nunca llegó al mercado- de sorprendente evolución: nariz de pomelo rosa y miel, fruta escarchada y tueste; paladar potente y profundo, generoso y largo como él solo. Notable precursor de los nuevos blancos de la bodega bajo la marca Le Domaine, cuya primera cosecha comercial fue la de 2011.

Más que interesante el resto de los vinos servidos, empezando por Le Domaine 2015 (sauvingon blanc y un tercio de verdejo), un vino vigoroso y chispeante que aún espera su salida al mercado a finales del presente año, y siguiendo por un fino y vivo Pago Garduña 2000 -el syrah de la familia-, un sutilísimo y turgente Petit Verdot 2001 y, como colofón, el Vendimia Tardía 2014, un ensayo de syrah dulce que promete lo mejor. En resumen, una de esas catas para recordar. Una verdadera fiesta de los sentidos. Mini_baco_invertido

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