Prieto picudo y albarín: LAS JOYAS DEL PÁRAMO LEONÉS

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Las bodegas mostraron sus vinos en el soberbio claustro del Hostal San Marcos. / D.O: TIERRA DE LEÓN

Ribera del Duero y Toro, con sus respectivas variantes de la uva tempranillo. El Bierzo y sus mencías nacidas sobre suelos de pizarra en pendientes imposibles. Rueda y sus poderosos blancos de verdejo. Cigales, con sus legendarios rosados y sus nuevos tintos. La Sierra de Salamanca y sus etiquetas de la aún mal conocida variedad rufete. Las garnachas centenarias de la vertiente abulense de la Sierra de Gredos… Por si quedaban dudas sobre la riqueza enólógica de Castilla y León, ahora pide cartas en la gran partida del vino hispano la joven D.O. Tierra de León, constituida hace poco más de siete años para amparar sus tradicionales tintos y rosados de prieto picudo, desde siempre conocidos como los vinos del Páramo leonés o de Valdevimbre y los Oteros.

Mosaico botellas

“Somos una zona de vinos pequeña, pero con muchas ganas de hacer bien las cosas. Estamos creciendo y, lo más importante, allí donde vamos, nos quedamos”. Estas palabras de Pablo San José, presidente del Consejo Regulador de la D.O. Tierra de León, resumen bien el clima de entusiasmo que reina hoy en esta demarcación vinícola. La llegada hace unos años del berciano Raúl Pérez lanzó el mensaje de que la vinífera prieto picudo podía codearse con la nueva aristocracia del vino español. El guante fue recogido por una joven generación de bodegueros y enólogos locales que no renuncian a hablar con voz propia en los principales foros de la bebida de Baco.

UVAS CON PERSONALIDAD. La uva prieto picudo, llamada así por la forma oblonga y terminada en punta de los granos –aunque hay quien habla, no sin fundamento, de su raíz portuguesa- ocupa un 70 por ciento de la superficie inscrita en la D.O., repartiéndose el 30 restante entre las tintas tempranillo (10%) y mencía (4%), además de las blancas verdejo (mayoritaria) y la astur-leonesa albarín, de la que sólo se contabilizan 80 has en España, 45 de ellas en León y otras 35 en Cangas de Narcea. El futuro es de la prieto picudo para los tintos y de la albarín en el caso de los blancos. Ambas al bode de la desaparición no hace muchos años, son las uvas que mejor caracterizan los vinos de León y por las que apuestan con claridad los bodegueros más innovadores.

Mosaico uvas León

Uvas albarín (arriba) y prieto picudo. / GORDONZELLO y DOTL

Un reciente encuentro con elaboradores, celebrado en el soberbio claustro del Hostal San Marcos, nos ha permitido una toma de contacto con no pocos de los vinos leoneses más valorados del momento. De los tintos nos interesaron especialmente algunos de corte contemporáneo, como el Pricum 2010 (Bodegas Margón, cien por cien prieto picudo), rara mezcla de frescura y rotundidad, un vino con el sello inconfundible de su autor, el citado Raúl Pérez; el mineral y balsámico 3 Palomares Crianza 2011 de Nicolás Rey e Hijos y El Músico 2011 (B. Leyenda del Páramo), un tinto serio y profundo, de magnífica constitución. También nos llamó la atención la buena forma del clásico Don Suero (B. Vinos de León) –con más 30 años de historia, precursor de los actuales prieto picudo- de cuyo reserva 2009 nos volvió a gustar su austera elegancia y su amplio y persistente paso de boca.

FUTURO BRILLANTE. Sin salir de los tintos, aunque en un plano ligeramente más discreto, también nos convencieron el Pedro Cassis 2009 (uva mencía, fruta negra, mentol), el Premeditación 2011 de Julio Crespo Aguilache (buenos, pero duros taninos aún por redondear), el 3 Almas de Ángel Peláez (noble talante vegetal), el Pardevalles Carroleón 2010 (paladar lleno, complejo, aunque también falto de botella) o el Augusta Roble 2011 de la Cooperativa Los Oteros, de interesante nariz balsámica.

Si los tintos de Tierra de León –que pronto pasará a llamarse D.O. León, a secas- nos dejaron la sensación de que tienen un brillante futuro por delante –téngase en cuenta que más de la mitad del prieto picudo aún se vinifica como rosado-, lo que nos pareció más novedoso, por poco conocido y por su potencial de calidad, fue el emergente capítulo de los blancos de albarín. Hablamos de etiquetas como el Maneki 2013 de Bodegas Tampesta (fermentado sobre lías, sabroso y directo, pinceladas de fruta escarchada), el Peregrino Albarín 2013 de B. Gordonzello (complejos fondos tropicales, tacto de seda), el Pricum Albarín Barrica 2012 (nariz de flores blancas y carne de membrillo, sutiles ecos minerales) o el Pardevalles 2013, de nariz exótica y paso de boca acariciante… Pequeñas joyas, vinos de escasísima producción a los que los buenos aficionados harían bien en seguir la pista. J.R. Peiró (METRÓPOLI)

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