Garnacha: DEL TRASTERO AL ESCAPARATE

Garnacha racimoEn el último Salón de los Vinos de Madrid, una de las etiquetas que brillaba sobre el conjunto llevaba por nombre Bernabeleva y, como apellidos, Garnacha de Viña Bonita. Se trata del fruto de la primera incursión madrileña –que conozcamos- de Raúl Pérez, el enólogo berciano que ha revolucionado la escena del vino hispano de los últimos años y el nuevo favorito del todopoderoso Robert Parker en la vieja Piel de Toro. Cepas bien entradas en años -de escaso rendimiento-, viñas plantadas en cotas elevadas y –habría que añadir- tratamientos adecuados en la bodega: he aquí algunas de las claves que explican el renacimiento de esta antigua vinífera en España, donde en muy pocos años ha pasado de ser una obrera poco cualificada a una princesa del vino, como ponen de manifiesto los simposios que le dedica últimamente el gotha enológico mundial o la atención preferente que le vienen prestando elaboradores locales como Álvaro Palacios, Fernando Chivite, Pedro Aibar, Telmo Rodríguez o Juan Carlos López de Lacalle, por citar sólo unos pocos.

secastilla

Cepas viejas de garnacha junto a la localidad de Secastilla

Lo han sabido siempre nuestros vecinos franceses del Valle del Ródano, en cuya mitad meridional ha sido la viga maestra de los grandes Chateauneuf-du-Pape y siempre ha dado vida a los mejores vinos de Gigondas, Vacqueyras, Lirac o Tavel. Como también lo han sabido, a miles de kilómetros, no pocos elaboradores californianos y australianos de élite, quienes la incorporan a sus etiquetas escogidas. De hecho, la garnacha, con alrededor de 400.000 has plantadas, es la vinífera tinta más cultivada en el mundo y sólo superada por la blanca airén.

MALTRATADA EN LA VIÑA Y EN LA BODEGA. Hasta no hace mucho, decir en la Rioja vino agarnachado era decir tinto basto y sobremaduro. Pero nuestra sufrida y denostada variedad nunca ha dejado de estar presente en los coupages tradicionales, aunque, eso sí, alejada de los focos y de la publicidad. Hasta que llegaron algunos bodegueros modernos a rescatarla de su destierro, como es el caso de Agustín Santolaya, cuyo Roda –antes Roda II- siempre ha incorporado una cantidad importante de garnacha; de Miguel Ángel de Gregorio, inventor del Paisajes I con el comerciante Quim Vila, un tinto varietal que conquistó a la crítica desde el primer día, o de Gonzalo Ortiz, autor del Conde de Valdemar Reserva Garnacha, para quien esta casta “ni se ha plantado tradicionalmente en los sitios adecuados ni se ha elaborado bien en la bodega”, lo que podría explicar en parte su mala fama. Tampoco parece una casualidad que las uvas de estos tres vinos procedan de la zona de Tudelilla, donde, según los ancianos de la tribu riojana, siempre se han producido las mejores garnachas de la denominación de origen.

Si en la Rioja ha perdido peso esta variedad a lo largo de los últimos lustros, en la vecina Navarra –donde siempre ha sido la uva más plantada- no ha corrido mejor suerte, cediendo espacio ante las tintas foráneas –sobre todo cabernet y merlot- y la tempranillo, y quedando recluida durante muchos años en el devaluado espacio de los vinos rosados. Aquí fue Chivite, con su Viñas Viejas, el encargado de levantar la bandera de la antigua vinífera hispana y de abrir un camino por el que hoy, pasado el largo sarampión de las tintas afrancesadas, circulan prestigiosos bodegueros, como el riojano Juan Carlos López de Lacalle (Artadi) con el Santa Cruz de Artazu –en la gama superior de su producción navarra-, la familia Guelbenzu –con su Jardín- o el histórico Ochoa, quien puso en marcha hace un tiempo un singularísimo coupage de garnacha y graciano.

QUERENCIA MEDITERRÁNEA. De lo que no hay duda es de la querencia mediterránea de la garnacha, variedad que concentra la inmensa mayoría de su producción en la cuenca del Ebro, ya sea en las mencionadas Rioja y Navarra, ya en Aragón y Cataluña, tramo final donde proporciona sus frutos más acabados. En Aragón, la garnacha está detrás de algunos de los vinos mejor valorados de la región, como es el caso del Care (D.O. Cariñena) de Jesús Navascués, tal vez el enólogo que más tiempo ha dedicado a esta uva, una tradición que ha sido recogida por su hijo Jorge, autor, en compañía de Carlos San Pedro, del tinto Mancuso con uvas cultivadas en el Alto Moncayo y una de las etiquetas pioneras del renacer de la variedad.

Aunque si hablamos de pioneros, donde hay que situar el origen de esta reencarnación de la garnacha es en la D.O. Campo de Borja –también a los pies del Moncayo-, donde bodegas como Borsao (Tres Picos) o Bodegas Aragonesas (Coto de Hayas, Fagus) ya avisaron antes del último cambio de siglo de las inmensas posibilidades de la vinífera cuando recibe el trato adecuado y cuando procede de cepas centenarias. Sin salir de Aragón, el guante fue recogido por Pedro Aibar en el Somontano con su Secastilla, un tinto de viñas de 70 años situadas a más de 700 m. de altitud, sin duda su última gran aportación a Viñas del Vero, la bodega que había fundado casi 25 años antes y que abandonó hace casi dos años tras su venta al grupo González Byass. Enología de vanguardia y viñas antiguas es también la fórmula que está detrás de Aquilón, el tinto concebido hace pocos años por el australiano Chris Ringland para bodegas Alto Moncayo (Campo de Borja), cuya añada 2005 recibió nada menos que 97 puntos del Wine Advocate de Parker. Todo un hito histórico.

EN SUELOS MINERALES. Aguas del Ebro abajo, Álvaro Palacios decidió hace unos años que la garnacha pasaría de ser variedad mayoritaria a variedad exclusiva de su obra más acabada, el celebérrimo tinto L’Ermita, símbolo del renacer del antiguo Priorato, donde esta uva, plantada en terrazas de suelos pizarrosos, siempre se ha encontrado como pez en el agua y ha tenido notable presencia en no pocas –Clos Mogador, Clos Martinet, Gran Buig, Cims de Porrera, Lo Givot- de las grandes joyas enológicas de esta denominación de origen calificada. Lo mismo que en la vecina Montsant, donde el trío de enólogos formado por Angel Teixido, Jurgen Wagner y Francesc Perelló puso a punto hace algunas cosechas el tinto Cabrida, que pronto se convertiría en otro de los iconos de la garnacha de boutique.

Lo que no estaba previsto es que la vituperada uva negra hispánica también acabaría revelándose como un filón de oro en ambas vertientes del Sistema Central, no muy lejos de la capital del Reino. Vinos como el Pegaso Barrancos de Pizarra que obtiene en Cebreros (Ávila) Telmo Rodríguez, un tinto de rara delicadeza mineral y paladar de terciopelo, obtenido de viñas en pendientes de vértigo trabajadas con mulas, o el citado Bernabeleva procedente del municipio de San Martín de Valdeiglesias ¿Quién podía imaginar hace sólo unos años que una botella de tinto de garnacha podría llegar venderse a precios cercanos a los 500 € o a situarse en lo más alto de la escala Parker? Sin duda, el péndulo de prestigio enológico ha comenzado a desplazarse hacia esta uva mediterránea. J.R.Peiró (SUMILLERES, Enero 2011)

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