Del tío de la bota a Parker: CRÓNICA DE 30 AÑOS

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En apenas un cuarto de siglo, lo que ha tardado la revista Sobremesa en alcanzar estos 300 números, el vino español ha pasado de la cooperativa y los primeros tanques de acero inoxidable a situarse en la avanzadilla de la calidad internacional. Nuestros vecinos franceses necesitaron más de dos siglos para dotar a la bebida de Baco del prestigio que tiene en la actualidad. Aquí, ese trayecto hacia la modernidad se ha recorrido en un tiempo récord y con resultados que están a la vista de todos. El vino y su cultura no sólo se han instalado plenamente en la vida social y privada de los españoles, sino que, además, se han convertido en un paradigma del progreso: saber vivir es hoy también saber beber.

Conmueve volver la vista atrás y recordar cómo estaba esta milenaria bebida en la España de 1985, año en el que quien escribe entró a formar parte de la redacción de la revista Sobremesa, de la que también fue director entre 1990 y 2007. Para la inmensa mayoría de los ciudadanos sólo había dos tipos de vino: el de diario –peleón, de cooperativa, de envase retornable- y el Rioja de los días de fiesta. En Navidad, la clase media comenzaba a sustituir la sidra El Gaitero por la botella de cava catalán. Encontrar por entonces un albariño decente requería de mucha información privilegiada y no pocos contactos en el agro gallego.

El segmento de la prensa vinícola en el que acababa de aterrizar Sobremesa se limitaba a la revista Club de Gourmets de Paco López Canís y la incombustible Semana Vitivinícola. La única guía que recordamos de entonces era la publicada en 1984 por José Peñin bajo el título Mis 101 mejores vinos. El mercado exterior se reducía a unas pocas grandes bodegas riojanas, a Miguel Torres, a dos o tres marcas de cava y a unas pocas etiquetas de Jerez, lo cual –esto último- no tenía mucho mérito porque el 90 por ciento de la industria del vino gaditano estaba en manos de multinacionales…

EL FUTURO PIDE PASO. El futuro estaba pidiendo paso a gritos en el horizonte enológico del país cuando comenzaron a llegar noticias de un tal Alejandro Fernández, elaborador de un tinto llamado Pesquera gracias al cual muchos españolitos se enteraron de que a los riojanos les había salido un duro competidor. El nacimiento de la Ribera del Duero fue, junto a los nuevos blancos jóvenes y afrutados del Penedés y los verdejos de Rueda recién inventados por Marqués de Riscal y el sabio bordelés Émile Peynaud, la noticia más estimulante de la época y la rampa de lanzamiento para el conjunto del sector.

A partir de ese momento, y coincidiendo con un relevo generacional al frente de las bodegas y la enología, el atlas hispano del vino entraría en una fase de agitación sin precedentes, que sólo la actual crisis económica ha sido capaz de atemperar. Un joven riojano llamado Álvaro Palacios se exiliaba en el viejo y denostado Priorato con unos cuantos visionarios y ponía en marcha lo que acabaría siendo una de las cumbres del tinto hispano de todos los tiempos. En Galicia, los vinos blancos terminaban de diseñar su personalidad y se dotaban de una estructura productiva de vanguardia, en la que la calidad ya no era un capricho del azar, mientras que el Somontano aragonés se transformaba, de la mano de Pedro Aibar, otro joven ideólogo de la nueva enología, en un jardín de viníferas llegadas del frío, incluida la gewürztraminer, cuyo nombre aprendimos a balbucear por la época. Hasta Jumilla comenzaba a sacudirse por esos días su mala fama ganada a pulso tras décadas de dudosos graneles y se postulaba como una de las zonas de calidad/ precio más interesante de esa emergente España vinícola.

PARKER, ESE DESCONOCIDO. Por Mariano García –al frente de las elaboraciones de Vega Sicilia durante casi 30 años y uno de los puntales de la flamante Ribera- nos enterábamos de que el gran Duero vinícola no terminaba en las afueras de Valladolid, sino que continuaba por Toro, que de un día para otro pasó a ser la nueva tierra prometida para las inversiones de los principales grupos vinícolas del país. Al mismo tiempo, y sin salir de Castilla y León, las viejas viñas de mencía plantadas sobre pendientes pizarrosas del Bierzo daban su salto al estrellato y comenzaban a cosechar altas calificaciones de las guías más influyentes del mundo, comenzando por el Wine Advocate de Robert Parker, el amigo americano del vino español de quien los aficionados españoles llevaban unos años oyendo hablar y cuya foto pudieron ver por primera vez en una entrevista publicada en estas mismas páginas.

La Rioja vivía confortablemente de sus antiguas rentas hasta que, mediados los noventa, una avanzadilla de enólogos inquietos –Juan Carlos López de Lacalle, Agustín Santolaya, Marcos Eguren, Miguel A. de Gregorio, entre otros- decidieron que la primera de nuestras zonas vinícolas en volumen y ventas merecía serlo también en las listas de éxitos de los gurús de la crítica nacional e internacional. Este fue el principio de la nueva Rioja –que algunos bautizaron en su día como alta expresión-, sin duda la revolución más importante –por tamaño y calado- de las que han tenido lugar en este dinámico escenario.

A lo largo de sus 300 números, las páginas de Sobremesa han querido ser un fiel escaparate de los acontecimientos que han ido modelando el actual panorama enológico. Escribir la crónica del vino ha sido una experiencia estimulante como pocas. Ojalá haya sido, además, de utilidad para los lectores y aficionados. J.R. Peiró (SOBREMESA, abril 2011)

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