La Palma: LOS VINOS DEL VOLCÁN

fuencaliente

Concurso Mundial de Bruselas, Premios Mezquita, Certamen de La Alhóndiga… Uno de los vinos canarios más premiados del último lustro es un blanco de albillo de La Palma, conocida también como ‘La Isla Bonita’. Se llama Vega Norte y lo elabora Bodegas Noroeste con uvas cultivadas entre 1.000 y 1.500 m de altitud.

El término ‘viticutura heroica’ fue acuñado en los años 80 y 90 de la centuria pasada para referirse al cultivo de la vid en condiciones extremas: viñas de alta montaña, pendientes de vértigo y suelos paupérrimos. El profesor italiano Mario Fregoni ha sido uno de los grandes abanderados de un movimiento que reivindica la calidad y singularidad de unos vinos nacidos a medio metro de lo imposible, portadores de atributos –variedades al borde la extinción, suelos de fuerte componente mineral, maduraciones tardías- difíciles de encontrar en las áreas de viticultura convencional.

Pues bien, si hay un lugar en la tierra al que se adapta como un guante el adjetivo ‘heroico’ referido a la agricultura, ése es, sin duda, la hermosa isla de La Palma –la tercera más montañosa del mundo en relación a su superficie, declarada Reserva de la Biosfera en 2002-, una geografía dominada por la Caldera de Taburiente –emergencia de un gran cráter volcánico submarino- y por el Parque Natural de Cumbres Viejas, una cresta volcánica (San Antonio, Teneguía, San Juan…) que divide en dos, de norte a sur, la mitad meridional de la isla.

Esta atormentada orografía de cumbres y cráteres, cañadas y barrancos, acogió las primeras cepas plantadas por los conquistadores a principios del s.XVI, iniciando una boyante industria vinícola, centrada sobre todo en los blancos de malvasía que glosaron los grandes poetas universales, desde Shakespeare (ese vino “que alegra los sentidos y perfuma la sangre”) hasta los románticos Walter Scott o Lord Byron, y que tuvo su apogeo en el XIX. Cepas de la dorada uva malvasía –continúa la controversia sobre si procedía de Creta o de otro rincón mediterráneo-, pero también de toda una constelación de viníferas que han ido arraigando en La Palma a lo largo de los siglos.

ALBILLO DE ALTURA. La isla cuenta con tres subzonas vinícolas bien diferenciadas por la topografía (Norte -Caldera de Taburiente y Barranco de las Angustias-, Fuencaliente –vertiente occidental de Cumbres Viejas- y Hoyo de Mazo) y con una deslumbrante colección de variedades de uva que alguien ha definido como el paraíso del enófilo: desde las tintas negramoll y tintilla, hasta las blancas malvasía –dicen los lugareños que cuando los viticultores de Tenerife o Lanzarote buscan esquejes de malvasías de calidad, acuden a La Palma-, listán –que sólo da grandes vinos a partir de 800 m. de altitud-, gual, bujariego, sabro, verdello o albillo.

Si los blancos dulces naturales –obtenidos de uvas sobremaduras-, la mayoría a partir de la citada malvasía pero también de castas minoritarias como sabro o verdello, han sido siempre el estandarte de la enología palmera, tal vez lo más novedoso sea el auge que han tomado en los últimos años los blancos secos de la variedad albillo cultivada en altura.

A este pujante capítulo pertenecen los citados –y premiadísimos- Vega Norte (fruta carnosa e hinojo, boca interminable), así como algunas de las etiquetas que más nos han llamado la atención en los últimos meses: desde el delicado Matías y Torres (membrillo, acacia, nectarina en nariz; ecos minerales) procedente de viñas de entre 1.000 y 1.350 m. de altitud, hasta El Níspero de Eufrosina Pérez Rodríguez (fragancias de mango, pomelo, badiana; paladar untuoso), el Teneguía de la bodega homónima (explosión de cítricos y flores blancas, notas de pedernal) o el Vitega que elabora Onésima Pérez Rodríguez en los Llanos de Aridane (nariz de acacia y mandarina, paso de boca fresco, sedoso). La lista se ensancha por momentos.

Vinos de edición muy limitada, de gran personalidad, con la impronta de las cenizas del volcán. Una colección de botellas irrepetibles que por sí sola justificaría una visita a La Palma y que los buenos aficionados harían bien en rastrear. J.R. Peiró (METRÓPOLI, mayo 2013)

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