Secretos de cocina: OTRA DE GAMBAS

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Mira que me he lavado a conciencia. Las manos, el bigote y aledaños. Pero mientras escribo, todavía percibo con nitidez el olor yodado y exquisito de las gambas rojas a la plancha que acabo de comer en casa. Eran extraordinarias, fresquísimas, no king size, pero sí de size media-alta. Las compré ayer en el Mercadona de mi barrio a 20 € el kilo. Estoy seguro de que no las volveré a encontrar. Ojalá me equivoque.

Mientras las tomaba con mi mujer, me acordaba de cierto almuerzo en la terraza de un restaurante de Jávea, donde solíamos pasar las vacaciones de verano. Mi hijo -austero donde los haya- se había quedado en casa con su tía, como de costumbre. Las gambas de ese día también eran estupendas (otros precios, otros sueldos, otros tiempos), mejores si cabe. “Veo que a quien más le han gustado es a usted”, me dijo el camarero -no sin un punto de socarronería- al tiempo que miraba el escandaloso montón de cáscaras y cabezas chupadas de mi plato, en contraste con la desnudez de los de mi esposa y mi hija.

CAVIAR A ESCONDIDAS. Lo que no sospechaba el camarero es que a mis acompañantes les volvían locas las gambas del lugar, pero que no podían con los oscuros –y sublimes- jugos de las cabezas. “No sé cómo puedes sorber ese caldo”, me decían una y otra. Hacía años que les había propuesto un pacto: para vosotras las colas, para mí, todo lo demás.

El caso es que ese día volví a sentirme incómodo. Como si fuera uno de esos tipos que apuran en los servicios del aeropuerto una lata de caviar que han conseguido a precios de estraperlo para no tener que compartirla. Alguna que otra mirada desde las mesas vecinas parecía dar la razón al camarero. No lo pasé bien.

Desde entonces, cada vez que mi mujer y mi hija me dan a chupar una cabeza de gamba, las cáscaras son devueltas religiosamente al plato de su propietaria. A cambio tengo derecho a un cierto porcentaje de las colas del crustáceo. No sé si mi imagen ha mejorado o empeorado, pero ahora no me inquieta tanto pedir otra de gambas. Texto y foto: J.R. Peiró

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