Vinos de merenzao, sousón, brancellao… NUEVOS TINTOS DE GALICIA

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Ribeira Sacra: viñas en terrazas junto al Sil / DORS

Caíño, sousón, ferrón, brancellao, mencía, mouratón, espadeiro, merenzao… Las altas calificaciones de Parker recibidas desde hace unos años por el tinto Lacima (Dominio do Bibei), elaborado en la Ribeira Sacra por Sara Pérez, una de las primeras enólogas del país, no sólo han servido para situar en el atlas del vino esta pequeña denominación de origen galaica sino también para poner ante los ojos del mundo un catálogo de variedades tintas autóctonas de una riqueza difícil de igualar. Un verdadero tesoro –ahora que la personalidad comienza a ser uno de los atributos más cotizados en el parquet del vino- que está siendo descubierto por una nueva generación de profesionales inquietos en la práctica totalidad del territorio vinícola de Galicia y cuyo potencial es todavía difícil de calcular.

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El Ribeiro también reivindica sus tintos autóctonos / JRP

El vino tinto ha sido la eterna asignatura pendiente de la enología gallega. Tal vez porque la mayoría de los recursos –y los esfuerzos- se han dedicado a las viníferas blancas, encabezadas por la albariño; por la abrumadora mayoría de éstas en el viñedo o por un clima extremadamente difícil para la correcta maduración de las uvas negras, lo cierto es que el tinto de Galicia parecía haberse resignado a un perpetuo papel de segundón de los deslumbrantes blancos de godello, albariño o treixadura.

MENCÍA DE RIBEIRA SACRA. Ahora, el péndulo parece cambiar de dirección. Sin salir de las vertiginosas pendientes de la Ribeira Sacra, junto a los Lacima (mencía) y Lalama (mencía, garnacha, blancellao y merenzao) de Sara Pérez, comienzan a reclamar su espacio etiquetas como Guimaro (Pedro Manuel Rogríguez), repleto de aromas frutales y minerales, con un sorprendente final especiado; Ponte da Boga Capricho (Adega Ponte da Boga), cien por cien merenzao, balsámico y complejo, o Moure de Autor (Adegas Moure), otro tinto carnoso y elegante de mencía, en este caso matizada por una pequeña proporción de tempranillo.

Tras el fulgurante ascenso de los blancos de godello, también en la contigua D.O. Valdeorras parece haber llegado la hora de los tintos. Así lo entendió hace algún tiempo Telmo Rodríguez -otro de los profesionales a la vanguardia de la enología hispana-, cuyo Gaba do Xil de viñas viejas también ha sido laureado por el célebre prescriptor americano. Mencía y viñas viejas parece ser la fórmula infalible de Valdeorras, como la seguida por el vigoroso Avanthia de Jorge Ordóñez y Cía o por el Erebo de Bodegas Carballal, un vino de amplio espectro aromático y repleto de taninos maduros.

EL EJEMPLO DE ROBERTO VERINO. Si la mencía está ganando claramente la partida en los dominios del Sil, en otras partes de Galicia las preferencias a la hora de vinificar uvas tintas perecen estar más repartidas. Así sucede en el dulce Ribeiro, donde comienzan a despuntar etiquetas como el 30 Copelos de José Merens, un vino de poderosa estructura en el que mandan las castas brancellao y caíño longo; el Sameirás, seductor ensamblaje de caíño, sousón, brancellao y mencía; el Casal de Armans (de parecida composición) o en las etiquetas de corte vanguardista de Coto de Gomariz, entre ellas el robusto y elegante VX Cuvée Primo, obtenido a partir de sousón, caíño longo, caíño da terra y carabuñeira, que es el nombre que recibe en Galicia la portuguesa touriga nacional.

No termina aquí la nueva fiebre del noroeste. En Monterrei, el Terra do Gargalo Carballo (mencía, tempranillo y merenzao) del diseñador y bodeguero Roberto Verino abrió hace casi tres lustrosd un camino que hoy siguen bodegas como Quinta da Muradella, con tintos de gran personalidad como sus Gorvia y Muradella Sousón, o el fresco y balsámico Father 1943 de Bodegas Greco e Monaguillo.

Hasta la comarca pontevedresa del Salnés -corazón de unas Rías Baixas en las que el tinto había sido siempre algo parecido a un imposible metafísico- pide cartas en esta nueva partida de la enología gallega y despierta el interés de los aficionados con etiquetas como Goliardo Caíño, de Forjas del Salnés, o el Zárate Caíño Tinto de la bodega homónima… Es el último grito de la Galicia vinícola: un soberbio catálogo de tintas autóctonas -buena parte de ellas rescatadas al borde de su desaparición- a las que comienza a llegar el benefactor influjo de la enología moderna. J.R. Peiró 

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