Ni francesas ni americanas: BARRICAS SIN FRONTERAS

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Barricas de roble francés / ARCHIVO

Hasta no hace mucho tiempo, como la del célebre eslogan publicitario de Moriles y Montilla, la elección de las bodegas españolas en lo que concierne a la crianza era bien sencilla: barrica americana o barrica francesa. La primera para las etiquetas de mayor venta y consumo, la segunda para los vinos de la gama superior de cada casa. No parecía haber más opciones. Hoy, sin embargo, crece el número de bodegueros –incluidos no pocos de prestigio- que utilizan madera de las procedencias más diversas.

Son bastantes los que llevan años experimentando con barricas procedentes del centro y el este de Europa (ruso y húngaro, también rumano, polaco, alemán, esloveno, hasta búlgaro), pero muy pocos los que se han lanzado a utilizar el roble español en un país que cuenta con más de un millón y medio de hectáreas de robledal de las variedades quercus petraea, robur y la autóctona pyrenaica, buena parte de ellas en estado de abandono y peligro de desaparición desde que dejaron de explotarse racionalmente para la construcción naval y las traviesas del ferrocarril.

EL ROBLE IBÉRICO ENTRA EN ESCENA. Una de estas bodegas es Liba y Deleite, elaboradora de la marca Acontia en Ribera del Duero y Toro, tintos criados en roble navarro de la citada variedad quercus petraea, de la que los responsables de la firma destacan su escasa agresividad con la fruta y el particular tacto suave y envolvente que le confieren al vino. Un camino paralelo al seguido por Pinna Fidelis, otra bodega ribereña que ha apostado por los robles ibéricos como rasgo diferencial de algunas de sus etiquetas desde la cosecha de 2006.

Hoy sabemos –porque lo han reconocido las propias tonelerías- que durante años muchas bodegas españolas adquirían roble caucásico y centroeuropeo creyendo que era francés, del mismo modo que se sabe que no pocos elaboradores usaban conscientemente estas barricas “exóticas” -algo más caras que las de roble americano pero sensiblemente más baratas que la procedentes de los bosques galos- pero no se atrevían a confesarlo.

Trabajando en la tonelería / ARCHIVO

Trabajando en la tonelería / ARCHIVO

Pelayo de la Mata, propietario de Marqués de Vargas, rompió el tabú hace casi una década cuando anunció que había comenzado a adquirir barricas de roble ruso como las que hoy utiliza para la crianza de su Reserva Privada, segundo vino de una selecta gama de tintos riojanos. Un camino seguido también por sus vecinos de La Rioja Alta (Viña Ardanza, Gran Reserva 904), cuyo responsable técnico, Julio Sáenz, ha dedicado varios años a estudiar el comportamiento del roble caucásico con los vinos de Barón de Oña, la segunda bodega riojana del grupo. “Estos robles”, declaraba hace unos meses, “transmiten a los vinos taninos muy suaves, muy dulces y con un perfil aromático medio, respetando al máximo la tipicidad, aportando notas frescas y una untuosidad en boca muy interesante”. En la actualidad maneja 400 barricas de esta procedencia, lo que supone casi un 30 por ciento de la crianza de su reserva Torre de Oña.

BARRICA HÚNGARA PARA EL GRACIANO. Sin salir de la Rioja, la variedad de uva graciano, caprichosa y de difícil manejo en la bodega, parece haber encontrado un excelente aliado en el roble de origen húngaro, presente en la crianza del exclusivo Viña del Olivo de Bodegas Contino, así como en la del Contino Graciano. Para Jesús Madrazo, director enológico, se trata de una madera de características muy próximas a las de los robles franceses de las zonas de Nevers y Vosgos, pero algo menos agresiva con los delicados caracteres frutales de esta uva. Algo que confirma Oscar Tobía, de Bodegas Tobía, cuyo tinto graciano madura al ciento por ciento en roble de este país centroeuropeo.

Los ensayos se suceden a lo largo y ancho del mapa del vino español. Roble húngaro también en el Terras Cúa (Bierzo), el De Muller Les Pusses (Priorato), el riojano Lacrimus, incluso el Eduardo Peña, uno de los ribeiros blancos más aplaudidos por la crítica en los últimos años. En la Ribera del Duero, robles del Cáucaso en el F de Fuentespina y Conde de San Cristóbal. Roble rumano en los Reja dorada y Novellum de Toro… Hasta madera de cinco procedencias distintas (Rusia, Alemania, Hungría, Rumanía y Eslovenia) en el tarraconense Chardonnay De Muller.

Aún es pronto para saber lo que podrá dar de sí –en términos de calidad- esta “tercera vía” en la crianza de los vinos españoles. Lo que es cierto es que comienza a saltar por los aires el monopolio ejercido por los robles estadounidenses y galos desde hace un siglo y medio. Todo un mundo por explorar ante los enófilos más inquietos y curiosos. J.R.Peiró (METRÓPOLI)

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