Malbec: EL VINO NEGRO DE CAHORS

“Tras un viaje a Argentina quedamos enamorados de la uva malbec y sus peculiaridades cuando es cultivada en lugares de altitud, lo que le proporcionaba la frescura y consistencia de las que carece en otras zonas”. Así cuenta Rosalía Molina, propietaria y enóloga de Bodegas Altolandón, los motivos que la llevaron a plantar hace 17 años una parcela de esta vinífera de origen francés en su finca de Landete (Cuenca). Su L’Ame Malbec, en el mercado desde 2009, es uno de los escasos tintos españoles elaborados íntegramente con la uva de Cahors.

La gala siempre fue una de las variedades minoritarias que intervenían en la composición de los tintos de Vega Sicilia, junto a las más conocidas cabernet sauvignon y merlot. Nada extraño si se tiene en cuenta que entre los grandes vinos de Burdeos, en los que se inspiró Eloy Lecanda, fundador de la bodega de Valbuena en 1892, la malbec tuvo una presencia más que significativa hasta que la devastadora helada de 1956 arrasó el 75 por ciento de las plantaciones.

Los expertos aún discuten sobre el origen preciso de esta uva de color morado que alumbra vinos de gran expresión frutal, tacto de terciopelo y elegantes notas especiadas. Lo que nadie pone en duda es que su cuna es el municipio francés de Cahors, en la región de Mediodía-Pirineos, donde se embotella en solitario o mezclada con ciertas proporciones de tannat y merlot. Desde allí, donde es conocida por los nombres –entre otros muchos- de côt y auxerrois, viajó a Burdeos (aquí se prefieren los términos malbec y pressac), Loira, donde enriquece los coupages de caberner franc y gamay, y otras regiones vinícolas francesas y europeas. Incluso se cuenta que Catalina la Grande la llevó a la península de Crimea, donde aún es posible hallar algunos tintos bajo el apelativo kahor.

Racimos de uva malbec. / A

Pero donde la malbec ha arraigado de verdad es en Argentina, sobre todo en la provincia de Mendoza, donde la implantó a mediados del s.XIX el ingeniero agrónomo francés Michel Aimé Pouget sin sospechar que llegaría a convertirse en el paradigma de los mejores tintos argentinos. En ello tuvo bastante que ver Nicolás Catena Zapata con sus plantaciones experimentales al pie de los Andes, en los enclaves mendocinos de Luján de Cuyo y Valle de Uco, sede este último del célebre viñedo Adrianna, a casi 1.500 m sobre el mar.

CULTIVOS EN ALTURA. En España la uva malbec también necesita climas especialmente frescos, de acusado salto térmico entre día y noche, capaces de asegurar una lenta –y completa– maduración de los racimos. Por eso las bodegas buscan altitudes por encima de los 800 m, como la citada Altolandón. “De no ser así”, explica la propietaria, “los vinos desarrollarían taninos demasiado agresivos”.

También es el caso de Bodegas Ribera del Duratón, cuyo Duratón Malbec, ideado por el bodeguero de origen navarro Luis Magaña y nacido a más de 900 m en el municipio segoviano de Valtiendas, presume de haber alcanzado 90 puntos Parker. Y el de Bodegas Clunia, última en incorporarse al selecto club de los malbec cien por cien con su tinto de cepas plantadas a 1.000 m en la provincia de Burgos o de Vera de Estenas (en la localidad valenciana de Utiel), donde Félix Martínez obtiene su Casa Don Ángel, un tinto de textura mullida y extraordinaria complejidad aromática.

Por desgracia, ya se ha dicho, aún son muy escasos en nuestro país los vinos elaborados exclusivamente con la uva que nos ocupa, si bien su impronta puede rastrearse con nitidez en algún que otro tinto manchego, como el Quixote (malbec y cabernet franc) que embotella Pago Casa del Blanco en Manzanares (Ciudad Real), y, aunque en cantidades minúsculas, casi testimoniales, en algunas etiquetas castellano-leonesas de prestigio, desde Hacienda Monasterio hasta Quinta Sardonia o Bosque de Matasnos. Como se ve, las posibilidades del conocido como vino negro de Cahors están lejos de agotarse a este lado de los Pirineos. J.R. Peiró (METRÓPOLI)