Rioja: LOS BLANCOS PIDEN PASO

Mosaico

El escaparate de vinos blancos de Rioja se ensancha por momentos. No sólo crece en tamaño, sino en calidad y diversidad de estilos. Muchas bodegas tratan de recuperar una tradición que no llegó a perderse del todo gracias a casas históricas como López Heredia, con sus Viña Tondonia, o Marqués de Murrieta, hasta finales de los pasados ochenta con sus legendarios reservas Castillo de Igay y luego con Capellanía, versión modernizada del anterior, salvando algunas distancias.

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El descubrimiento del tempranillo blanco marcó un hito en la recuperación de los blancos riojanos. / CIDAR

Hasta no hace mucho, los blancos riojanos se dividían en dos tipos. O eran joyas de coleccionista como las citadas o eran vinos tirando a sencillos, casi siempre jóvenes, de la variedad viura y sin más pretensión que la de completar la gama de tintos de las bodegas. De ahí le vino a esta uva cierta fama de ineptitud para la obtención de vinos blancos de calidad.

Una especie de axioma que algunos bodegueros de vanguardia se encargaron de rebatir al calor de la modernización generalizada de los vinos riojanos en la última década del pasado siglo. Enólogos de nueva generación, como Benjamín Romeo, con su Gallocanta, rebautizado como Qué Bonito Cacareaba cuando el gigante americano Gallo impugnó la marca; como Miguel Ángel de Gregorio, primero con su Allende, más tarde con su Mártires, o como Abel Mendoza, demostraron que a partir de la vinífera blanca riojana por excelencia podían obtenerse vinos superiores, siempre que las cepas hubieran alcanzado una cierta edad y ocuparan las parcelas más altas y ventiladas de los viñedos.

RAREZAS EXQUISITAS. Si su contribución al renacimiento de los blancos riojanos fue decisiva, no lo ha sido menos la de algunos estudiosos y elaboradores empeñados en la recuperación de viníferas autóctonas a medio metro de la desaparición. Gracias a su labor, rarezas exquisitas como la maturana blanca, la turruntés (nada que ver con la torrontés galaica) y, finalmente, la tempranillo blanca, fruto de una mutación descubierta en 1988 por el viticultor Jesús Galilea en una viña de Murillo de Río Leza, se suman hoy a las tradicionales compañeras de viaje de la viura, garnacha blanca y malvasía, para ensanchar el terreno de juego de los blancos de Rioja hasta límites difíciles de imaginar hace sólo unos cuantos años.

Por si faltaban mimbres para la nueva cesta, el consejo regulador riojano autorizó en 2007 la plantación de las uvas galas chardonnay y sauvignon blanc, amén de la verdejo castellana. Un panorama irreconocible, en el que hasta alguna bodega, como Nivarius, se declara como exclusivamente productora de vinos blancos. Vivir para ver.

Mientras no pocas de las grandes firmas históricas huían de Rioja y fundaban bodegas en Rueda o Rías Baixas cuando querían sumar un blanco a su colección de tintos, otras optaban por explorar las posibilidades que tenían debajo de sus pies, que, como puede comprobarse, no eran nada escasas. Es lo que hicieron elaboradores de prestigio más que contrastado como Muga, con su viura y malvasía fermentado en barrica, Remélluri (su blanco de garnacha, viognier, chardonnay y otras cepas del Midi francés es hoy un vino de culto), Remírez de Ganuza o Contino.

SE ABRE EL ABANICO. Un camino que también emprendieron elaboradoras como Amaren, del grupo Luis Cañas; Finca La Emperatriz, Ijalba (más que interesante su maturana blanca), Palacios Remondo (Placet), Viñedos y Bodegas de la Marquesa (Valserrano), la resucitada Gómez Cruzado del Barrio de la Estación de Haro (Montes Obarenes), Izadi, Pujanza (Añadas Frías) o Bodegas Palacio, con su Cosme 1894, por citar algunas de las referencias que más nos han interesado últimamente.

Tras decenios de anonimato, cuando no de mediocridad (con las debidas excepciones, claro), los blancos de nuestra primera zona productora de tintos vuelven con fuerza al centro de la escena vinícola del país. Un capítulo de vinos que comienza a dejar de ser patrimonio casi exclusivo de los albariños gallegos, los verdejos de Rueda y los chardonnay que brotaron como setas a lo largo y ancho del mapa enológico español en vísperas del último cambio de siglo. José Ramón Peiró (Metrópoli)

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